miércoles, 31 de octubre de 2012

Un regalito para celebrar mi cumple. Sí, se atrevió.


Os dejo un regalito para celebrar mi cumple... jejeje. 

Este relato se titula "Sí, se atrevió", fue ganador de un concurso de relatos cortos, de la editorial éride, y publicado en la antología "Cien mini relatos de amor y un deseo satisfecho". 

Ahora, os lo regalo a vosotr@s, espero que os guste!

Ah, aviso, los protagonistas de este relato son los de uno de mis libros, Ardiente Verano, y el tiempo en el que transcurre "Sí, se atrevió", es posterior al final de este libro... por tanto, si no lo habéis leído, ojo, puede haber spoiler!!



María dejó caer al suelo la mochila con las toallas, la crema solar y el libro y suspiró cansada a la vez que se masajeaba los riñones. Había sido un largo ascenso hasta llegar al lugar idílico que su marido había elegido. Miró a su alrededor, deslumbrada por la belleza que la rodeaba.
Estaban en un claro, rodeados de robles y encinas, a la vera de un pequeño arroyuelo que, aquí y allá, se detenía formando charcas poco profundas de aguas cristalinas. Por encima de las copas de los arboles, podían observar las cumbres rocosas de las montañas de la Sierra de Gredos. Estiró los brazos por encima de su cabeza, sonrió al hombre moreno, fuerte y guapísimo que la acompañaba y procedió a quitarse los pantalones cortos y la camiseta. Acto seguido sacó una toalla de la mochila, la extendió sobre la arena pedregosa de la orilla del riachuelo y se tumbó bocabajo sobre ella, dejando que los rayos de sol de finales de septiembre le calentaran la espalda desnuda.
Las botas camperas de su marido ocuparon su campo de visión.
—¿No vas a echarme una mano, perezosa? —preguntó, acuclillándose ante ella. Sus ojos claros chispearon divertidos.
—No. —María hurgó en la mochila hasta encontrar un libro, lo abrió y centró su atención en las páginas de Delicias y secretos en Manhattan.  
Caleb estalló en sonoras carcajadas. Su mujer se había quejado ardientemente durante cada uno de los treinta minutos que duró la caminata hasta allí. Le había amenazado a cada paso con dar media vuelta y volver al pueblo si tenían que ascender mucho más. Y ahora se tomaba la revancha tumbándose a leer.
Estaba por ver cuánto tiempo lograría continuar ignorándole.
Colocó la nevera portátil con los refrescos y la comida cerca del lugar que ella ocupaba, clavó como pudo la punta de la sombrilla en el duro suelo, dejó caer la bolsa de deportes que había cargado sobre su espalda y sacó de ésta la manta a cuadros que les serviría de mantel. La extendió en el suelo, sujetándola con cuatro piedras bastante pesadas, y a continuación colocó la cesta con el pan y el resto de viandas sobre ella. Cuando hubo acabado de prepararlo todo para el picnic, se descalzó y se deshizo de la camisa, quedándose vestido con unos pantalones cortos que mostraban sus musculas piernas, demasiado sexys para la paz mental de María.
Observó a su mujer. Se había puesto un bikini formado por triángulos rojos, atados con cintas a sus caderas en la parte inferior y a su cuello y su espalda en la superior. Nada muy complicado de quitar, pensó ladino. Se sentó junto a ella en la toalla y le acarició el lugar en que la espalda pierde su nombre.
María simplemente gruñó y le dio un manotazo.
—¿Piensas pasarte todo el día leyendo? —preguntó él.
—Sí. Es el primer día que tengo para mí desde que nació Anna. Pienso pasarlo haciendo lo que más me gusta: leer.
—¿Sólo leer?
—Sí, sólo leer –le advirtió rotunda, aferrando con más fuerza el libro.
Desde que había nacido la pequeña, hacía ya un año, no había tenido un segundo libre; entre atender a Anna y Andrés, mantener la casa, trabajar en la ludoteca y… los mimos exigentes de Caleb, sus días pasaban tan deprisa que apenas tenía tiempo de respirar; mucho menos de leer.
Desvió la mirada de la lectura cuando sintió a su marido trajinar en la mochila de las toallas.
—¿Qué buscas?
—La crema solar. Te vas a quemar.
—No creo, no hace tanto calor.
—Aquí el sol pega fuerte aunque no lo notes. Estamos a bastante altitud —comentó él.
María se encogió de hombros y retomó la lectura. La novela era francamente interesante. Un segundo después escuchó el sonido de un bote al abrirse y llegó hasta ella un suave aroma a chocolate; el mismo aroma que tenía el aceite que Caleb usaba para sus juegos. Levantó la cabeza sorprendida. Bajo el bikini sus pezones se fruncieron endurecidos y su sexo comenzó a humedecerse. 
—¡Eso no es crema solar! —le imprecó a su marido.
—¿No?
—¡Por supuesto que no! Es el aceite que… ¡Ya sabes lo que es!
—Sí.
—Caleb, odio que me contestes con monosílabos.
—Sigue leyendo tu libro mientras te doy la crema —la ignoró él.
—¡No puedo leer con ese olor, me desconcentra!
Caleb arqueó las cejas, posó una mano sobre la nuca de su mujer y la obligó a reposar la cabeza sobre la toalla. Luego vertió un poco de aceite sobre la palma de su mano y comenzó a frotarle la espalda.
María suspiró, gruñona, y cerró los ojos. No creía que su marido se atreviera a nada estando en mitad del monte; en un lugar en el que podía aparecer cualquier dominguero y pillarles.
No. No se atrevería.
Sí. Sí se atrevió.
Caleb recorrió la espalda de María con pasadas suaves y precisas. Desató las cintas que sostenían el sujetador del bikini, jugó con las yemas de sus dedos sobre cada vertebra, se desvió hasta las costillas y, una vez allí, acarició con ternura los suaves pechos de su mujer. Se entretuvo con ellos hasta que la escuchó jadear excitada y a continuación se levantó del lugar que ocupaba sobre la toalla.
María giró la cabeza y observó como su marido se quitaba los pantalones,  liberando su grueso e imponente pene de la prisión de tela vaquera en la que estaba confinado. Tragó saliva y apretó los muslos ante la interesante visión. Caleb sonrió satisfecho. Ella bufó y continuó intentando leer su libro.
Una carcajada presuntuosa reverberó en el claro entre montañas.
Caleb se acuclilló a horcajadas sobre los muslos de su mujer y los aprisionó entre sus rodillas, obligándola a mantenerlos fuertemente cerrados. Ella hizo intención de girarse de espaldas sobre la toalla. Él no se lo permitió
—Sigue leyendo —ordenó a la vez que presionaba sobre sus hombros, obligándola a retomar su postura inicial.
Cuando le obedeció, Caleb reanudó el erótico masaje.
Impregnó de aceite la suave piel de su amada, pintó con caricias aterciopeladas el contorno de la braguita del bikini, sin adentrarse bajo la tela, jugó con las cintas que lo mantenían unido y, cuando María comenzó a removerse, desató uno de los lados.
—Caleb, puede aparecer alguien… —gimió ella al sentir los dedos de su marido deslizarse por el trasero.
—Sigue leyendo. –Él reiteró su orden a la vez que ahondaba con el índice en la grieta entre sus nalgas.
—Caleb, esto no está bien…
—Sí lo está.
El desvergonzado dedo continuó su investigación hasta llegar al tenso anillo de músculos del ano, lo acarició y tentó, ungiéndolo de aceite, insistiendo una y otra vez sobre él, hasta dejarlo relajado y resbaladizo. Presionó contra el prieto orificio hasta penetrarlo, primero la yema, después la primera falange. Movió el índice en círculos hasta hundirlo por completo y luego comenzó a entrar y salir lentamente de él. Introdujo la mano que tenía libre entre los cerrados muslos femeninos hasta llegar a la entrepierna del bikini, y después presionó sobre los labios vaginales.
María arqueó la espalda a la vez que su respiración se tornó agitada. Tenía la braguita empapada; su vagina se apretaba vacía, necesitada de sentir sus caricias, su grosor entrando en ella. Frotó sus pezones, duros como guijarros, contra la suave tela del bikini buscando sentir un roce que no llegaba. Se apoyó sobre los codos e intentó liberarse del peso de su marido para colocarse a cuatro patas sobre la toalla y mostrarle el camino que anhelaba que él tomase.
—¿Ya no te interesa seguir leyendo? —la provocó, impidiéndole levantarse.
Ató de nuevo el bikini y se situó sobre su mujer. Colocó un codo a cada lado de su cabeza y se sostuvo sobre ellos, a la vez que encajaba las rodillas en suelo, a ambos lados de las caderas femeninas. Dejó que su torso y genitales tocaran la sumisa y resbaladiza espalda de María.
—No… —jadeó ella al sentir la enorme erección acomodarse entre sus nalgas.
María no sabía si contestaba a su pregunta o si se negaba a adoptar esa posición en un lugar al que cualquiera tenía acceso.
Caleb cogió la novela, se la quitó de entre los laxos dedos y la dejó a un lado. Luego se meció contra ella. El baño de aceite al que le había sometido minutos antes le hizo resbalar en un masaje sensual, en el que su enorme polla tan pronto se alojaba sobre las nalgas como le hacía cosquillas en la espalda. Cuando escuchó a su mujer gemir anhelante, paró el erótico vaivén al que la estaba sometiendo y se incorporó.
María observó a su marido ponerse en pie. El grueso pene oscilaba irreverente sobre su pubis depilado, logrando que le deseara todavía más. Se lamió los labios.
Caleb se arrodilló sobre la toalla, frente a su esposa. Colocó una de las manos bajo su barbilla y la instó a que alzara el rostro hacía su imponente verga.
María no se lo pensó dos veces, apoyó las manos en el suelo, arqueó la espalda hasta que sus labios quedaron a la altura necesaria y lamió con prontitud la gota de denso semen que emanaba de la abertura de la uretra. Escuchó satisfecha el jadeo que escapó de los labios de su marido y como premio, jugueteó con sus labios sobre el glande. Cuando sintió que el pene se engrosaba y endurecía más todavía, lo hundió en la cálida humedad de su boca y frotó con la lengua la sensible piel del frenillo a la vez que succionaba con fuerza.
Caleb enredó los dedos entre los cabellos de su amada, sujetándola, y comenzó a mecerse contra ella, introduciéndose hasta tocar su garganta para luego salir lentamente, sintiendo en cada centímetro de su polla la carnosa boca. Se mordió los labios cuando la agonía le llevó cerca del punto de no retorno.
Se separó de ella.
María le miró confusa e intentó tomarlo en su boca de nuevo, pero él no se lo permitió. Aún era pronto para terminar.
—Túmbate bocarriba y ábrete para mí. Quiero ver lo mojada que estás —exigió él.
Ella obedeció.
—Eres tan hermosa. —Posó la palma de su mano sobre la lúbrica vulva y presionó hasta que el rocío que la cubría quedó impregnado en sus dedos. Después se retiró, dejando a la mujer que vibraba bajo él frustrada y anhelante.
Deslizó la mirada por el sinuoso cuerpo de su esposa. Observó satisfecho la humedad que traspasaba la elástica tela de la braguita del bikini y los pezones erectos que se marcaban expectantes contra los triángulos del sujetador. Pequeñas gotas de sudor se alojaban en el valle entre sus pechos. 
—¿Tienes calor? —le preguntó.
María asintió con la cabeza, incapaz de hablar ante su escrutinio.
Caleb abandonó la toalla y se dirigió hacia la pequeña nevera portátil. La cogió y la llevó hasta donde ella le esperaba, obediente, tumbada con las rodillas dobladas y las piernas muy abiertas.
Colocó la nevera sobre la toalla y la abrió, arrodillándose después entre las piernas de su esposa.
—Caleb, no deberíamos… Puede venir alguien –insistió María. Él se encogió de hombros. En ese instante le daba igual todo.
Cogió una botella, desenroscó el tapón y vertió agua casi helada sobre la boca de María. Ésta tragó con avidez, pero aun así no pudo evitar que un poco se le derramara por las mejillas y la barbilla, gotas que él se apresuró a beber sobre su piel. Sonrió ladino e inclinó la botella de nuevo, vertiéndola con lentitud sobre el cuerpo amado. Un fino chorro de agua cayó sobre los pezones, el estómago, el monte de Venus… Lamió lentamente cada gota del gélido líquido que tocaba la femenina piel.
  María arqueó la espalda al sentir la primera caricia helada sobre sus pechos, jadeó asombrada cuando la lengua de su marido calentó los fríos pezones y elevó las caderas al sentir el frescor recorrer su vientre, seguido por los labios candentes de Caleb. Se removió inquieta al comprobar que él se detenía impasible sobre su pubis, sin rebasar el límite impuesto por el bikini. 
—¿Sigues teniendo calor? —Preguntó él de nuevo.
María asintió con la cabeza.
Caleb sonrió e introdujo de nuevo la mano en la nevera.
María casi gritó cuando sintió un roce gélido sobre sus pechos. Alzó la cabeza y observó a su marido. Tenía un cubito de hielo entre los dedos y jugaba con él sobre sus pezones. Cerró las piernas con fuerza ante el ramalazo de placer que estalló en su clítoris.
Caleb soltó el hielo sobre el estómago de su mujer e introdujo veloz las manos entre sus muslos unidos, obligándola a separarlos de nuevo. Tanto, que María sintió la tensión estallando en los abductores.
—Quiero verte. No vuelvas a cerrarlos —le ordenó él, inalterable.
Acarició levemente los tensos músculos, calmándolos, y luego recogió el hielo y continuó jugando con él sin traspasar la barrera del bikini. Torturándola.
Cuando María comenzó a gemir incontrolable, cuando su vientre se tensó por las caricias y sus pechos comenzaron a subir y bajar con rapidez por culpa de la agitada respiración, él se detuvo de nuevo.
—Tengo sed —afirmó Caleb—. Pero no queda agua. ¿Crees que podrías deshacer un par de hielos y darme de beber?
María parpadeó confundida.
Caleb se rió entre dientes, luego se levantó de un salto, dio dos pasos hasta posicionarse sobre la cabeza de María y se arrodilló, dejando una rodilla a cada lado del rostro de su esposa.
María abrazó los fuertes muslos de su marido y se alzó arrebatada, ansiosa por besar la tremenda y excitante verga que se balanceaba a escasos centímetros de sus labios.
Caleb se lo impidió.
—Coloca las manos planas sobre la toalla —le ordenó—. No puedes alzar la cabeza, sólo podrás comerme la polla cuando yo me acerque a ti. Nada más. ¿Lo has entendido? —María le miró estupefacta—. ¿Lo has entendido? —reiteró con voz ronca.
—Sí.
Caleb estiró el brazo y cogió un cubito de hielo de buen tamaño. Sin acercarse más a María, comenzó a recorrer con él su precioso cuerpo hasta deslizarlo bajo la braguita del bikini y posarlo contra el clítoris ardiente. Ella elevó las caderas, jadeando. Él se limitó a trazar con el congelado juguete pequeños círculos sobre el tenso botón. A continuación recorrió los húmedos pliegues de la vulva hasta ubicarlo en la entrada a la vagina. Lo introdujo en ella con una pequeña presión. Se incorporó, cogió otro hielo y repitió la operación hasta dejarlo encajado en el interior de su mujer.
—Quiero ver chorrear tu coño —exigió un segundo antes de posar su boca sobre el pubis femenino.
 María gritó cuando sintió los dientes de su esposo rozarle el clítoris por encima de la tela del bikini. Se contorsionó desesperada al percibir que introducía dos dedos dentro de ella y jugaba con los hielos que comenzaban a derretirse allí. Aferró la toalla entre sus puños y tensó el cuello para no alzar la cabeza, anhelando que él bajara la pelvis y le permitiera lamer los testículos libres de vello que colgaban sobre sus ojos, provocándola. Y cuando él por fin descendió, acercándolos a ella, los absorbió en su boca, apretándolos contra su paladar, para luego deslizar la lengua hasta la suave piel del perineo y comenzar a mordisquearle con dulzura. 
Caleb gruñó, excitado, al descubrir el juego de su esposa. María se acercaba a su ano, le lamía y succionaba los testículos pero ignoraba su dolorida polla.
Negó con la cabeza, divertido; ella podía ser igual de mala que él… o peor.
Bajó la cabeza, mordió las cintas del bikini hasta deshacer los nudos y retiró la tela para poder observar con avidez el pubis lampiño que se revelaba ante él.
Suave, mojado, dúctil.
Lo recorrió con los labios hasta llegar al clítoris y aferró el tenso botón con cuidado entre sus dientes a la vez que le daba golpecitos con la punta de la lengua. María gritó dejando caer la cabeza, olvidándose de él.
Caleb deslizó una de sus manos hasta la polla, la aferró con los dedos y la guió hasta la carnosa boca de su esposa. Presionó hasta que María le permitió entrar. Se hundió en ella y jadeó de placer cuando los afilados dientes rasparon con delicadeza la base del pene. Volvió a bajar la cabeza, un delgado hilo de agua resbalaba por los hinchados pliegues de la vulva hasta el brillante perineo.
Sonrió, decidió a calmar su sed.
Lamió con lentas y largas pasada cada gota del tibio líquido que manaba de María. Posó los labios sobre la entrada de la vagina y libó con fruición, absorbiendo los cada vez más diminutos hielos y empujándolos con la lengua cuando tocaban su boca. Y mientras tanto, sus dedos no dejaron de jugar sobre el trasero femenino. Masajearon, juntaron y separaron las nalgas y, por último, el índice, atrevido, tentó el fruncido orificio penetrándolo.
María negó excitada con la cabeza sin soltar la enorme polla que llenaba su boca. Alzó más su rostro, hasta albergarla por completo en su garganta y deslizó una de sus manos por las piernas de su marido hasta acariciarle el duro trasero. Esperó unos segundos, dudando entre continuar u obedecer sus órdenes. Al final decidió ser mala.
Malísima.
Caleb notó las manos de María en su culo, las sintió acariciarlo y luego abandonarlo. Arqueó una ceja, estaba seguro de que algo tramaba. Un segundo después notó el tibio aceite de chocolate derramándose sobre sus nalgas y los dedos de su amada extendiéndolo, untándolo sobre su ano. Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando relajar el anillo de músculos que se había tensado expectante. Hundió la lengua en la acogedora vagina, degustando su sabor dulce unido al frescor de los hielos a medio derretir. Jadeó cuando sintió uno de los dedos de María penetrándole el ano, a la vez que sus labios le succionaban con más fuerza la polla.
Pocos tiempo después se separó de ella, incapaz de aguantar un segundo más semejante tortura.
De los labios de María escapó un quejido frustrado.
Quería más.
Caleb se giró hasta colocarse frente a su esposa, rostro con rostro, piel con piel. Observó fascinado aquellos labios sonrosados, los pechos perfectos, los ojos entornados por el placer y las mejillas teñidas por el rubor de la pasión. La besó. Sus labios, impregnados en la esencia femenina, le mostraron todo el amor que sentía por ella.
Ella respondió con idéntica adoración.
—Me gustaría tanto tener otro bebé —susurró suplicante Caleb. María abrió los ojos de par en par—. Un niño travieso que corra por la casa y juegue con Ana… —musitó mirándola.
Al ver que ella permanecía en silencio, estiró un brazo y buscó el pantalón.
En la cartera tenía preservativos.
La mano de su esposa se cerró sobre su muñeca, tirando de él, obligándole a cesar la búsqueda y guiando los morenos dedos hasta su boca. Una vez allí los besó y a continuación, le envolvió las caderas con las piernas, ancló los talones sobre sus muslos y le instó a completar lo que había empezado.
 Se movieron al unísono, cada uno imitando los movimientos del otro.
 Saborearon embelesados la esencia de cada uno en la lengua del contrario.
Disfrutaron del placer que eclosiona cuando dos almas se conocen íntima y profundamente.
Se deleitaron con el glorioso éxtasis que brota feroz cuando la confianza, el respeto y el amor conforman el cuerpo, corazón y mente de dos amantes enamorados.


Nueve meses después.

Un flamante 4x4 aparcó frente al porche de una típica casa serrana en Mombeltrán.
Una niña pequeña, de apenas dos años, se asomó por la ventana de la cocina y gritó entusiasmada mientras su hermano mayor, Andrés, señalaba ilusionado el coche. Un segundo después ambos aparecieron en la puerta de entrada, acompañados por su abuelo, Abel.
Caleb observó a su sobrino y sonrió divertido. Andrés era un adolescente, hijo del primer matrimonio de María. El joven se volvía loco por complacer a su hermana pequeña, que en ese momento estaba subida sobre sus hombros, tirándole del pelo para que se apresurara a salir a la calle y cruzara la carretera para llegar hasta donde estaban papá y mamá. Quería ver a sus nuevos hermanitos, sobre los que, por supuesto, pensaba mandar porque era más grande que ellos.
Caleb observó a su mujer. María estaba sentada en el asiento trasero, entre las dos maxicosi en las que sus gemelos recién nacidos dormitaban.
Sintió el corazón a punto de estallar de felicidad.
Ahí estaba su familia. Junto a él, rodeándole.
Su traviesa princesa, sus hijos recién nacidos, su afable padre, su adorada esposa y el sobrino al que quería como si fuera su propio hijo.
¿Podía haber algo mejor en la vida? 



Noelia Amarillo

28 comentarios:

  1. Me ha encantado Noelia!!

    Ha sido como volver a leer Ardiente Verano...

    Caleb es gggggrrrrrrrrr

    Gracias por el regalo!!

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  2. Uooooouuuuuuhhhhh, No se supone que los regalos te los debían hacer a ti?? Menudo regalo nos has hecho a nosotros :) Esta genial! Recordar a Caleb es... uffff, donde están los hombres como él?? jajajaja

    Gracias por esta historia, esta breve pincelada que nos vuelve a llevar a Ardiente Verano. :) Algo así siempre sabe a poco, pero es maravilloso.

    Un beso!

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  3. Precioso...caliente...romantico...pedazo de tio !!!!! diossss como me gusta Caleb !!
    Ahora que habia conseguido aprender a vivir sin él...otra vez a recordarlo...jajaja
    Ojala nos deleites con otras historias de esta pareja..y nos hagas sudar..
    Gracias..
    Y Feliz Cumpleaños wapaaaaa!

    Marieta, desde Alicante

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    1. Ey, Marieta!!!! mi niña!!!! Tenemos que volver a vernos por Alicante, lo pasamos de fábula!!!

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  4. Es genial Noelia!!! Gracias por publicarlo en el blog, me estaba volviendo loca buscandolo, un beso!!

    http://macanddreams.blogspot.com.es/2012/10/ardiente-verano.html

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    1. Hola Macarena!! Juas, mujer, me alegra saber que te he salvado de la "locura" jajajaa.

      Acabo de leer tu reseña... uffff MUCHAS GRACIAS!!!!!!!

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  5. Como cada palabra que escribes, estas son impactantes, preciosas, con ese mezcla tan tuya de dulce perversión, entrega amorosa total y alegría de vida. Maravilloso. Y gracias por hacernos este fantástico regalo.

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    1. Ains, Lydia, gracias a ti por tus palabras... eres un sol!

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  6. Muchas felicidades Noelia y muchísimas gracias por el regalo....
    Memorable Caleb... es como una perdición....
    Me encanta saber como les va la vida a esta pareja, con Ardiente verano me conquistastes sin remedio

    Un besote

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    1. Gracias Pepa, y sip, Caleb es mi perdición, y espero que la vuestra... jaja

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  7. Que recuerdossss, Caleb, es uno de los personajes masculinos que más me gusta de los libros eróticos que me he leido. ¡¡Peazo regalo!! xD

    Gracias
    Jessica

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    1. Ey, Gata, ya lo sabes: Pon un Caleb en tu vida jajaja

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  8. Pero bueno ¡¡¡¡¡¡¡ pedazo sorpresa Noe ¡¡¡¡¡ Mira que ya hace fresquito del bueno pues despues de leer de nuevo al Rey de los amarillos en acción , tengo unos calores que no son normales jajajaja. Como hachaba yo de menos a nuestro Caleb madre mia ¡¡¡que hombre¡¡¡ que recuerdos leyendo el primer de los amarillos que llego a mis manos

    grrrrrrrr grrrrrrrrrrrr Oh my god¡¡¡¡¡ No se que puse y si tiene coherencia jaja entenderme el reencuentro con El hombre me dejo toka pa todo el dia jajaja

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  9. Hola Noelia, he leído casi todos tus libros y me encantan. Ardiente verano es el que prefiero de entre todos. Muchas gracias por el relato y la continuación de Caleb y Maria. Es un placer leerte. Hasta pronto. Besitos desde Paris.

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    1. Hola Lexa!
      Ey, muchísimas gracias por leerme!! me encanta saber que te gustan mis historias, y AV, ufffff, es que Caleb es mucho Caleb jajajajaja.

      1 besote guapisima

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    2. noelia eres perfecta

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  10. Un extra genial :-D la verdad que la historia de María y Caleb es preciosa, te quedas con ganas de más. Gracias por haber escrito este magnífico libro, no entiendo por qué la gente recomienda Cincuenta Sombras de Grey ;-)

    Un saludo enorme.

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  11. Ohhhhhhhhhh!!! que pasada, gracias por ese relato, me ha encantado saber de Caleb y Maria otra vez. Que pedazo de libro Noelia, encantada estoy ahora mismo recordando algunas escenitas. Gracias por el regalo. Besotes.

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    1. Jejeje, no está mal recordar escenas de AV, con este fresquito así no pasamos frío jajajaja

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  12. que buen relato me encanto volver a saber de Maria y del sexy Caleb

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  13. ¡Qué sorpresa reencontrarme con mis personajes preferidos! Coincido con muchos de los comentarios. AV me conquistó como novela erótica y como HISTORIA DE AMOR. Caleb es...<3 <3 MUCHAS GRACIAS NOELLIA!!!!

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  14. Diana, Lunita, muchas gracias!! me encanta que os guste el relatillo!

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Hola!