- L.R.: Como surgen tus personajes en la cabeza, que es lo primero que piensas, en la historia o te surge un tipo de protagonista y a partir de ahí le das forma a la historia?
- N.A.: Lo primero que surge es una escena.
No tiene que ser la primera escena del libro… normalmente es una escena que no tiene conexión con nada, una escena que me subyuga, que me hace preguntarme: ¿Por qué han llegado a esta situación?, y claro, en cuanto me lo pregunto, mi cabeza comienza a elucubrar “Y si ha pasado esto?” “Y si ha pasado lo otro?”… y de ahí a esbozar unos personajes, decidir un escenario y una época va un paso… luego, comienzo a escribir y los personajes me van guiando desde el principio hasta esa escena que tanto me llamó la atención…
Y no sé... me apetece compartirla con vosotr@s, a ver que os parece...
Ahhh, si alguien se pregunta a que historia correspondería esta escena, la respuesta es a + uno...
No sabéis lo que es + uno??? bueno, es fácil, leed la respuesta a esta pregunta en la misma entrevista y os enterareis...
L.R.: Aún no conocemos la historia de Darío y ya nos tienes intrigada con Héctor, que es “casi el último” de la Serie Amigos del barrio. ¿Cuántos libros comprenderán la serie?
Ale, os pego la escena que me ha venido a la mente, pero ojo, no está corregida ni revisada, sino escrita tal cual me la he imaginado, luego por supuesto tendré que retocarla y tal, pero en principio es esto... y, leches, de verdad que no puedo dejar de preguntarme qué ha pasado entre estos dos... uffff.
Esperó un buen rato antes de abrir la puerta de la habitación
y salir sigilosa.
Se mantuvo silente en el pasillo, escuchando, esperando. Solo
el ruido del calentador rompía el silencio. Caminó presurosa hacía la cocina
sin dejar de mirar a su alrededor, y una vez allí, revisó todos los cajones y
armarios que encontró. Al no hallar lo que buscaba, y consciente de que pronto
se le acabaría el tiempo, se dirigió al comedor.
Apenas cinco minutos después abandonó la estancia. Con la impaciencia
y la ansiedad dominando cada reacción de su demacrado cuerpo.
Sin pararse a pensar, se encaminó hacia la última puerta del
pasillo, la abrió y se adentró en la bruma vaporosa que inundaba el pequeño
cuarto de baño. Él estaba allí, su silueta se dibujaba a través de la mampara
translucida. Aparentemente inmóvil bajo la ducha, de pie, con las piernas separadas,
la cabeza caída hacia delante y las manos moviéndose frenéticas sobre la ingle.
Enar le observó
boquiabierta durante unos segundos, olvidadas por un momento la desesperación y
la ansiedad, luego, un espasmo recorrió su estómago, recordándole lo que
necesitaba encontrar. Se irguió altanera usando los últimos resquicios de
fuerza que le quedaban, de un soplido se retiró el pelo de la frente y se frotó
las palmas de las manos contra las perneras de los sucios pantalones. Cuando las
extendió ante sí, seguían temblando incontrolables.
No podía esperar más, lo necesitaba ya, o volvería a vomitar
bilis encogida en un rincón, tal y como llevaba haciendo las últimas cuarenta y
ocho horas.
Abrió la mampara que la separaba de su opresor. Este elevó
la cabeza, sobresaltado, a la vez que se cubría la ingle con ambas manos. El
pobre imbécil era tan confiado que la había creído cuando le prometió que no
saldría de la habitación.
-¿Qué haces aquí? Dijiste que no abandonarías el cuarto…
-Me lo pensé mejor… -replicó ella fingiendo diversión
mientras mantenía las manos en los bolsillos de los pantalones, para que él no
viera como le temblaban-. Vaya pedazo instrumento que manejas, tío –comentó fijando
la mirada en la enorme y erecta polla que él no conseguía cubrir, ni siquiera usando
ambas manos.
-Enar, me hiciste una promesa… vete a tu habitación –le exigió
él, avergonzado y a la vez enfadado.
-No. Me apetece más ver cómo te haces una paja…
-Enar… por favor. No hagas que me arrepienta de haber
confiado en ti.
-Tiene que ser complicado echar un polvo con esa pedazo tranca,
¿verdad? No creo que haya muchas mujeres que te dejen meterlas eso entero…
-comentó indiferente mientras calibraba con la mirada el imponente tamaño del
pene que él ya no se molestaba en ocultar-. Tienes que estar muy necesitado
para matarte a pajas en la ducha... –se burló a la vez que intentaba ignorar
las nauseas que comenzaban a hacer mella en su enflaquecido cuerpo.
-Enar, basta. Vuelve a tu cuarto, luego iré a verte, y
hablaremos.
-¡No! –gritó ella, llevándose las manos al estómago y encogiéndose
sobre sí misma cuando un fuerte espasmo amenazó la hizo caer-. Hagamos un
trato. Dame lo que necesito y te haré tal mamada que no necesitarás pajearte en
una semana.
-No te degrades a ti misma –la regañó él, arrodillándose junto
a ella para sujetarle la cabeza cuando comenzó a vomitar-. Vuelve a tu
habitación, por favor.
-Te dejaré que me folles todas las veces que quieras si me
lo das… -Él negó con la cabeza, apesadumbrado-. Pues entonces deja que me vaya,
joder, puedo buscarme la vida yo solita –suplicó ella-, no me haces falta para
nada… déjame ir, joder –él volvió a negar-. ¡No puedes encerrarme para siempre!
-Sí puedo, Enar. Y lo haré si es necesario.
Ya me contaréis que os parece...
Por cierto, dad las gracias por esta entrada a Claudia Pazos, Eva Navarro y Lorena Luna, las artífices de la entrevista, jijiji. Va por vosotras.
Por cierto, dad las gracias por esta entrada a Claudia Pazos, Eva Navarro y Lorena Luna, las artífices de la entrevista, jijiji. Va por vosotras.